Por el derecho a defender nuestros derechos

Yolanda Oquelí

De adolescente sobrevivió a un tumor cerebral. Casi muere por una mala práctica médica a los 20 años, y 13 años después por una bala en un atentado contra ella que lucha por evitar la instalación de una minera extractora de oro y plata.

“El liderazgo de las mujeres se asocia con las preocupaciones que las afectan por su papel social y familiar. Las posiciona en línea directa a recibir el impacto”.
Cristhians Castillo
Jefe de la División Sociopolítica
Instituto de Análisis e Investigación de los Problemas Nacionales (Ipnusac)

 

(foto: Luis Soto, El Periódico)

(foto: Luis Soto, El Periódico)

(por Susana de León, El Periódico, Guatemala)

Yolanda Oquelí recogió el panfleto que deslizaron bajo su puerta esa mañana de febrero. “Tres loquitos”, se leía en aquel papel, caldeaban los ánimos de los pobladores de La Choleña, una de las 16 aldeas que conforman San José del Golfo. Los acusaban de difamar por todo el municipio al Proyecto Minero Progreso VII Derivada, propiedad de Exploraciones Mineras de Guatemala S. A. (Exmingua), subsidiaria de Minerales KC Guatemala Ltda. y Kappes, Cassiday & Associates, corporación estadounidense con sede en Reno, Nevada. La que pronto se construiría en la aldea El Guapinol, que marca el límite entre San Pedro Ayampuc y San José del Golfo. ¿Minería en nuestro pueblo?, se preguntó la mujer morena y bajita de ojos pequeños y cejas depiladas. Ignoraba el dorado botín bajo sus pies desde siempre.

La curiosidad la condujo hasta el salón comunal de La Choleña, comunidad cercana al proyecto. Encontró a una docena de hombres reunidos, inconformes con el proyecto, cuya licencia de explotación otorgada el 26 de mayo de 2011 (resolución 1010-2011/DIGARN/ECM/cmus) era la única aprobada ese año, según el Anuario Estadístico Minero, elaborado por la Dirección General de Minería. “Yolanda fue la primera mujer en acercarse y en participar en las reuniones celebradas dos o tres veces por semana”, recuerda José Ángel Llamas, parte de ese primer grupo preocupado por la minería en el municipio. Ideas para detener el proyecto, pocas, la más apoyada era la de quemar la maquinaria a lo que se opuso Oquelí.

Al año de la primera reunión el grupo creció a más de 200 personas, incluso llegó a reunir el millar durante las caminatas realizadas en febrero de 2012, por las calles de San José del Golfo y San Pedro Ayampuc (la mina limita entre ambos municipios). Son 12 grupos de 20 a 30 miembros quienes custodian la entrada a Progreso VII, en turnos de 24 horas desde el 2 de marzo del año pasado. Son hombres, mujeres, niños y adultos mayores que parecen haberse enraizado en el camino, como los árboles llenos de largas espinas a los cuales se debe el nombre del lugar: La Puya.

El campamento parece una suerte de nuevo asentamiento con cuatro cuartos de lámina y tablas, una planta eléctrica, un altar religioso con imágenes (de la virgen de Guadalupe, la Medalla Milagrosa y una réplica pequeña del Cristo Negro) y una tarima con materiales comprados con la remesa de familiares viviendo en Estados Unidos. Todos en el pueblo tienen un hermano, esposo o hijo migrante.

Sobre esa tarima realizaron las últimas mesas de diálogo entre representantes del Ministerio de Energía y Minas (MEM), delegados del Procurador de Derechos Humanos; Edy Juárez Prera, viceministro de Seguridad y Miguel Ángel Barcárcel, comisionado presidencial del Sistema Permanente de Diálogo Nacional. Los cuatro actores fueron consultados para esta nota, pero ninguno comentó.

La Puya fue el escenario de varios encuentros con personal de la mina y los inconformes, y de dos intentos de desalojo, el último el 7 de diciembre. Los medios de comunicación reportaron la presencia de más de doscientos antimotines contra un centenar de personas armadas con cantos religiosos formando cadenas humanas. Una resistencia pacífica, se dijo. “No son los únicos, existen otros 19 pueblos opuestos a la minería: en Nebaj, Quiché, y Jutiapa, por citar algunos”, enumera Claudia Samayoa, coordinadora de la Unidad de Protección a Defensoras y Defensores de Derechos Humanos (Udefegua).

Yolanda Oquelí atendió el llamado del papel deslizado bajo la puerta y es la mujer más conocida en San José del Golfo y San Pedro Ayampuc: la líder de 300 vecinos en contra de la instalación de una mina para extraer oro. Pero poco se sabe de la vida de quien sin gritar ha hecho que su voz se escuche lejos.

La tranquila líder

Se llevó la mano a su costado derecho. El malestar se hacía insoportable conforme pasaban los minutos. Debajo de su automóvil, Telma Yolanda Oquelí Véliz, 33 años, pensaba en sus dos hijos: una niña de 2 y un niño de 3 años, en su esposo y sus padres. Escuchó pasos y masculló “me vienen a rematar”. Suspiró y cerró los ojos. Oquelí se equivocaba, dos compañeros de lucha pasaban por la última cuadra asfaltada antes de los 3 kilómetros de terracería que separan el pueblo de la entrada a la mina. “No se mueva, doña Yoli”, le dijeron y llamaron a la ambulancia de la comunidad que la trasladó hacia el Hospital San Juan de Dios. El tercer encuentro de Oquelí con la muerte, aquel miércoles 13 de junio, a las 6:00 de la tarde.

Minutos atrás, había salido de La Puya hacia la única gasolinera del pueblo. Pocas personas permanecían de guardia esa tarde; la mayoría asistió a una reunión con el alcalde de San Pedro Ayampuc. Conducía un vehículo de cuatro puertas cuando dos motoristas vestidos de negro se le acercaron a dispararle: tres balazos contra el automóvil y uno perforó su cuerpo rozando el estómago, un pulmón, hígado y un riñón. El hecho engrosaba la lista a 305 ataques contra defensores de derechos humanos perpetrados en 2012 (incluyen intimidación, amenazas, allanamientos), según datos de Udefegua.

Miembros del colectivo Madre Selva la escondieron durante su recuperación, en un lugar donde solo recibía la visita de algunos compañeros, personas de algunas organizaciones y Yuri Melini. “Conocí a Yolanda en una granjita. Vestía pantalón de lona, una playera blanca y suéter de lana de color zapote. A pesar de su fractura física y emocional se respiraba una atmósfera de paz y serenidad junto a ella, la misma que ha sabido transmitir a los demás”, la describe Melini. Personas de La Puya coinciden con el ambientalista: “después del ataque nos hizo llegar un mensaje: No reaccionen de forma violenta”, cuentan Ángela Ochoa, José Ángel Llamas, Dora y Susana Reyes, miembros del plantón.

Una líder –Oquelí no recuerda su nombre– de Ixcán, Quiché, cambió su estrategia de lucha contra los antimotines: “que sean las mujeres quienes vayan al frente, son más sensatas y se controlan más que los hombres”. Oquelí escuchó y propuso esta forma de resistir a los otros líderes del grupo. “Las personas de los pueblos no son tontas. Aplican estas estrategias y a la fecha nos han funcionado muy bien”, dice. En décadas anteriores las mujeres iban al frente como escudo, su participación, ahora ocurre en un contexto de debate internacional en torno a los derechos de género y esto beneficia en las negociaciones, considera Cristhians Castillo, jefe de la división sociopolítica del Instituto de Análisis e Investigación de los Problemas Nacionales (Ipnusac).

La conocen sus más cercanos, otros como Rodrigo Maegli, vocero de Exmingua, propietaria del Proyecto Minero Progreso VII, no pueden siquiera ofrecer algún detalle de la líder. “Por más que la empresa trate de acercarse, solo hemos podido hablar con los mandos medios”. Y es que ella guarda la distancia: “He tomado esta postura porque hablarle significaría crear desconfianza entre el grupo. Ellos compran voluntades, pero a mí jamás me podrán comprar, tampoco a los compañeros”, asegura Oquelí.

El estandarte de su lucha es evitar el deterioro ambiental, específicamente a lo ocurrido en otros lugares donde el agua de los ríos fue contaminada con la actividad minera. “Pero acá cerca no hay ríos”, asegura Maegli. Sin embargo, Robert Robinson, ingeniero en minería y ambiente y Steve Laudeman, ingeniero en geotécnica, descubrieron presencia de arsénico y minerales tóxicos presentes en el yacimiento mineral del proyecto que puede contaminar afluentes cercanos. A Oquelí también le preocupa el que cada vez hay menos tierra para cultivar.

Del otro lado de su lucha están los vecinos que como Cristian Morales fueron contratados por la minera y que están de acuerdo con su instalación. “No entiendo por qué se opone, lo único que sé es que evita que trabajemos y no ofrecen una solución para generar ingresos. Viajar a la capital a trabajar no es opción, resulta peligroso”, dice. La mina funcionó de septiembre 2011 a marzo 2012, Morales había sido contratado para iniciar labores en enero de este año.

Encuentros con la muerte

“Lo que voy a contarle parece mentira. Pero no lo es”, anuncia Natalia Véliz, madre de Yolanda. A sus 76 años conserva el vigor de una mujer de menor edad: de voz fuerte para corregir a las tres generaciones de Oquelí que viven y corren en su casa. “Yo tenía 16 años cuando conocí a su papá (Rosendo Oquelí, por entonces de 33 años), al poco tiempo nos casamos. Eso fue allá, en El Jícaro, el Progreso, en la década del cincuenta”. La pareja migró a San José del Golfo, cuando había pocas casas y mucha tierra para labrar. Los melones fueron su primer cultivo, después vendieron comida en las ferias, tuvieron una carnicería y por último una tienda.

Compraron la casa en la que crecieron los 15 hijos de la pareja, ocho hombres y siete mujeres, y en la que todavía viven algunas hijas, Yolanda y sus niños, por ejemplo. Una construcción con piso de cemento, vigas de madera y techo de lámina; amplia y fresca para aplacar el calor del municipio. Junto a la entrada principal, donde ahora se encuentra una farmacia, estuvo la tienda. “Mis hermanos me amarraban al mostrador porque le regalaba los dulces a los niños”, recuerda Oquelí. “Ella es así, tiene un gran corazón, pero cuando se enoja no hay quién la aguante”, la describe su madre.

Su familia siempre se caracterizó por ser muy unida, los hermanos Oquelí, trabajaban en las ventas de comida en las ferias patronales o tras el mostrador de su tienda. De todos sus hermanos ella resaltaba: “Era más viva, muy activa, la única de ellos que salió así”, cuentan sus vecinos. Pero también fue la más enfermiza. “La llevamos a ocho iglesias católicas de todo el país para que sanara, ¡y sanó!”, cuenta la madre de Oquelí. A los 16 años los médicos le dieron seis meses de vida, le diagnosticaron un tumor en el cerebro. “La oración de muchas personas me tiene viva hoy”, está convencida la líder.

Durante el ciclo escolar vivió en la capital y en vacaciones regresaba a San José del Golfo. La primaria, básicos y diversificado los cursó en el Centro Educativo Integral Girón Alfaro (Ceiga), Colonia Atlántida de la zona 18. “Me fui a Estados Unidos cuando ella era una bebé,pero, mis padres y hermanos me mantenían al tanto de su estado delicado de salud”, cuenta su hermano Balbino, de 57 años.

A los 20 años enfrentó por segunda vez a la muerte debido a una mala práctica médica al someterse de emergencia a una cirugía de vesícula. Corría el año 2000, al mismo tiempo que Exmigua realizaba trabajos de exploración para encontrar oro y plata.

Oquelí se graduó de bachiller. “Me habría gustado estudiar psicología pero me enamoré. Saqué cursos de organización de eventos, manualidades y belleza”, recuerda. A los 26 se casó con César del Cid, un ingeniero agrónomo (también de San José del Golfo), padre de sus dos pequeños. Los primeros cuatro años de matrimonio vivieron en la capital, pero en 2009 regresaron a montar un negocio de fertilizantes. “Ahí nos dimos cuenta de cómo cambió el pueblo que ambos conocimos de niños”. Justo antes de abrir el local una mañana de febrero, Yolanda recogió un panfleto que alguien deslizó bajo la puerta.

Semillas de paz

A pesar de la advertencia de su madre, Oquelí se unió a la lucha del brazo de su esposo. “Ahí estuvieron en la primera caminata de febrero (un mes antes del plantón frente a la mina), César y ella elaboraron carteles, ¡incluso colocaron las caritas de mis nietos!”, dice. En pueblo chico infierno grande, ninguno de los vecinos consultados quiso opinar con nombre y apellido acerca de la lucha emprendida por esta mujer que no rebasa el 1.55 de estatura, pero más de uno insinuó las intenciones políticas de Oquelí. Cambiaban de tema para referirse a lo que más les preocupa a partir de la instalación de la mina: desintegra hogares. Las sobremesas en los hogares de San José del Golfo y San Pedro Ayampuc son intensas cuando tocan el tema: Unos en contra y otros a favor.

¿Qué motivó a Oquelí a dejarlo todo y luchar? Yolanda, esboza una tímida sonrisa antes de responder: “Encontrar un pueblo desconocido para mí, dividido. Enterarme de la existencia de proyectos mineros. Y sobre todo, la fuerza de la gente, adultos mayores que se unían a la causa”.

El hombre que la encontró debajo de su automovil, el día del atentado –prefiere omitir su nombre–, la considera una mujer luchadora, activa y con el valor suficiente para decir la verdad. “Eso se reflejó en diciembre, cuando le dijo al Viceministro de Seguridad que los pobladores sí conocen la causa por la que pelean”.

La participación femenina en la lucha contra la minería tiene mejores resultados y menores costos sociales, cree Castillo, el analista de Ipnusac. Pero eso tiene un precio, “su esposo tuvo que marcharse por razones de seguridad”, indica una fuente. Oquelí no habla de ello, pero es obvio que prefirió quedarse. Las reuniones con personal de la PDH y la Comisión Presidencial del Sistema Permanente de Diálogo Nacional, continúan. Esperan concertar nuevas fechas para entablar el diálogo. Oquelí a veces visita La Puya, después del atentado resulta peligroso volver. Su semilla de paz cayó en suelo fértil: “Aquí todos somos líderes y sabemos defendernos de manera pacífica”, responden los que resisten en turnos.

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