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La riqueza de un pueblo minero

La Fundación Mujeres del Agua, grupo del sur-este de Venezuela, ha escrito un artículo sobre a la trágica situación que se está viviendo en la comunidad de El Paují y el preocupante cambio de vida que está involucrando cada una de ellas.

El 24 de enero de 1848, James Marshall descubrió oro en el Sutter’s Mill en el valle de Sacramento, California, y desencadenó la fiebre del oro más grande de la historia.

Actualmente en la zona del sur de Venezuela esta fiebre está llevando a la ruina los habitantes del Estado Bolívar junto con su entorno único y precioso. La crisis económica mundial y la consecuente subida del valor aurífero, ha llevado cada vez más individuos a buscar en la minería una oportunidad para enriquecerse. El Municipio Gran Sabana famoso por sus bellezas naturales y sus tradiciones indígenas ahora está volcando su interés hacia las riquezas del subsuelo. Indígenas y no indígenas están abandonando sus antiguos saberes y pasiones para dedicarse a la búsqueda infinita del diamante o de la beta de oro más grande y valiosa. Durante esta eterna persecución nadie entre los mineros se da cuenta de lo que va cambiando alrededor: el continuo abandono familiar, la negligencia de los hijos, las crecientes enfermedades y la costumbre al miedo.

Una comunidad a 80 Km de Santa Elena de Uairen se transformó en cinco años de pueblo turístico a pueblo minero, sus habitantes que antes vivían dignamente de agricultura y turismo ahora buscan algo más. En el Paují, Karawaretuy el nombre pemón, se podía vivir con poco dinero, cultivando y produciendo alimentos para comer, viviendo en armonía con la naturaleza y sus aguas limpias. Las familias indígenas tenían su proprio conuco que les ofrecía verdura y frutas necesarias para una correcta alimentación, la cercanía de ríos y selva permitían pesca y cacería, las casas por la mayoría estaban construidas con materiales que la rica naturaleza donaba, como madera, barro y palma. La manufactura de productos biológicos añadía valor al trabajo de los habitantes, la unión en la comunidad y el trabajo tradicional permitían a los padres educar con más atención y dedicación a los hijos que respetaban la cultura y la naturaleza en las que vivían.

Hoy en día la vida de ellos mismos es diferente: la búsqueda del oro y del diamante está ofuscando el verdadero bienestar. La ilusión del dinero hace pensar que esta forma de vivir sea más prospera que la anterior pero mirando alrededor ninguna riqueza es presente sino basura, alcohol y abandono.

Nicholas Laughlin

En el Paují, temprano por la mañana, cuando aun el sol no calienta, el minero está listo para empezar su día de trabajo. La mujer, que ya cumplió su rol de ama de casa, preparando el desayuno y ocupándose de los niños, saluda el hombre que se aleja vestido con su ropa vieja y sucia hacia los ríos. Se dirige hacia “la capa”, hacia el río Paují que antes representaba por el pueblo algo sagrado donde las mujeres lavaban la ropa y los hijos se bañaban alegremente. Ahora su color chocolate ha sustituido la transparencia de sus aguas, el impetuoso caudal ya bajó su nivel de forma drástica. Ahora ya no ofrece agua potable si no unos cuantos gramos de oro. Las máquinas que utilizan los mineros para trabajar, por la mayoría son de propiedad ajena. Los obreros, indígenas, perciben solo un pequeño porcentaje de la ganancia diaria. El dueño gana un 50% mientras el otro 50% se distribuye entre los varios obreros que descuentan de la paga el precio de la gasolina y de la comida además de lo que cada 15 días tienen que pagar a las autoridades para que les permitan seguir trabajando. En la comunidad un tambor de 200 ltd. de gasolina cuesta alrededor de 250 bolívares pero para los mineros llega hasta 2000 bolívares, ya que la minería es una actividad ilegal en esta zona ABRAE. El tráfico de combustible se transforma así en el trabajo principal de quien antes apoyaba el turismo. Muchos habitantes del pueblo, indígenas, no indígenas y extranjeros venden sus tambores a costes elevados. Los negocios de comida suben los precios casi el doble respeto a la capital del municipio: 1 kg de harina de trigo llega a costar 25 bolívares. Además las numerosas leyes que hacen ilegal la minería en esta zona ayudan a la corrupción de las autoridades a enriquecerse con el trabajo ajeno. Cada quince días recogen hasta diez gramos de oro por máquina. Así que las ganancias del minero no acaban en sus bolsillos si no en las bodegas del pueblos, a los traficantes de combustibles y a los oficiales.

En la noche, a la vuelta del trabajo, el minero extremadamente cansado y sucio de barro entra en la bodega del pueblo para cambiar lo que le queda de oro con una lata de tomate y un kilo de pasta para la familia. Desafortunadamente algunos hombres ni vuelven a su propia casa si no se quedan emborrachándose con los amigos en la licorería del pueblo. Al final del día se apaga la luz y cuando no hay turno de noche, lo único que queda alrededor es basura dejada en la calle, aguas sucias y soledad.

Actualmente muchos de los jóvenes de la escuela abandonan el liceo para dedicarse a la mina, y las jóvenes se vuelven cocineras en los campos de trabajo ya que el objetivo principal se ha vuelto el dinero. La falta de una familia cerca que te empuje hacia una vida mejor y la ilusión que esa vida te la pueda regalar el próximo diamante está transformando cultura y natura de este pueblo y con él muchos otros. De pueblo turístico a pueblo minero, de zona ABRAE y protegida a zona expoliada, de fuente de agua limpia a ríos pobres y sucios.

 

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